Corrupción: genio y figura… ¿hasta dónde?
(Efrén Delgado Falcón) – Tomado de Diario Tiempo
Muy pocos hondureños –comparativamente hablando– negarán que el país requiere un cambio, un cambio que va mucho más allá de la alternancia presidencial bipartidista, de una nueva constitución o de una revolución armada.
Sin embargo, el tipo de cambio que requiere el país, es un tema de amplia y profunda discusión nacional, sobre todo, si se abordan temas como la soberanía, las políticas económicas, las necesidades educativas y de salud, o los derechos humanos [incluyendo, por supuesto la libertad de expresión].
Ahora, hay una cosa en la que rápidamente podríamos llegar a un acuerdo, incluso, a un consenso unánime e indiscutible [unos por convicción y principios, y otros, muchos, porque sencillamente no pueden oponerse, aunque en su fuero interno prefieran que esa parte de la vida nacional siga tal como está], por supuesto: hablo de la corrupción.
La corrupción es la trampa por excelencia del hombre contra el hombre. Y engrasada por la avaricia y por la ambición, suele descomponer todo lo que toca [de ahí significado más antiguo: putrefacción], y convertir las cosas más sagradas en ignominia.
Modus faciendi
En nuestra historia, desde la llegada de los españoles, la corrupción ha sido un común denominador consistente. Día tras día, año tras año, siglo tras siglo: eran corruptos los enviados de la corona que administraban los bienes reales en el “Nuevo Mundo”; eran corruptos los criollos que los sucedieron; era, y es, corrupta la gran mayoría de mestizos que gobierna y ha gobernado este país. Inmensamente corruptos, inconmensurablemente corruptos, desalentadora y desgraciadamente corruptos.
Decir que nuestro país no ha estado solo en la violación consuetudinaria de la probidad administrativa, es una vanidad. Decir que hay otros países donde tal situación es peor que la nuestra, no es más que estulticia para mediocres.
Esto lo sabemos bien, pero nos hemos acomodado a este modus faciendi sin oponer mayor resistencia –ya sea activa o pasivamente– y por tanto, somos cómplices de la profunda penetración de la corruptela en cada pequeño estrato de la sociedad, sea laico o clerical, civil o militar, público o privado. Y como cómplices, debemos rectificar, y debemos actuar en consonancia, sobre todo, ahora que vemos cómo el país llega a niveles de caos económico-social y político que amenazan con volverlo prácticamente ingobernable e inhabitable; pues la corrupción, en su más nefasta expresión –vestida de golpe de Estado–, arrasó con todas las instituciones de derecho nacionales. No hay paz social, no hay trabajo, no hay legalidad institucional, la precariedad en la salud se ha vuelto epidémica, pocos pueden estudiar, los medios de comunicación son herramientas de propaganda y lucro, el Presidente del Ejecutivo es una figura decorativa, nadie manda más que la “embajada”, y seguimos pagando, con creces, la ineptitud gubernamental y general que tiene a los más desposeídos a merced del clima. Como en la época de las cavernas: estamos a la deriva, y el cambio se ha vuelto perentorio.
Las preguntas
Entonces, surgen las preguntas: ¿podremos romper con nuestra historia?; ¿seremos capaces, aun, después de cinco siglos, de sobreponernos a algo que ya parece formar parte de la idiosincrasia nacional?; ¿o nos sucederá lo que le pasó al ex presidente Reina Idiáquez y su revolución moral, y nos daremos cuenta que no es lo mismo verla venir que platicar con ella?; ¿debe hacerse de tajo, como quien extirpa un cáncer —metástasis aparte—, o debe hacerse paulatina y ordenadamente, empezando por la Administración Pública?; ¿cuál sería el primer paso?; ¿habrá manera de establecer el tiempo que un proceso tan importante puede tomarle al país, mediante uno u otro método, o será una lucha de otros cinco siglos para rehacer la historia?; ¿estamos tratando en el campo de la ficción, o nos enfrentamos a una realidad mutable mediante la voluntad de un número específico de individuos?; ¿basta con que el grueso de los hondureños desee, e impulse el proyecto, o requerimos del concurso de los políticos?; ¿si tenemos que contar con los políticos, en qué políticos podríamos confiar?, ¿los hay dignos de confianza?; ¿debemos lanzar la primera piedra sin esperar a que nos sigan, o tenemos que esperar a que otros tomen la iniciativa?; ¿cómo lograr que la escogencia de las piezas clave del Ministerio Público y de la Corte Suprema de Justicia, escapen a la politización a la que la somete el Congreso Nacional?; ¿será preciso, que los jueces sean electos con procesos más claros y despolitizados, quizá por un tiempo indefinido, olvidándonos de la burda Junta Nominadora y del juicio definitivo de los diputados?; ¿habrá forma de sentar las bases de un movimiento social exclusivamente diseñado para combatir la corrupción, o será una locura?; ¿en una sociedad tan corrupta, podrá superar el número de los genuinamente dispuestos a generar un cambio, empezando por el propio, a los que acomodados por años o generaciones, debilitarían cualquier iniciativa contra su modus vivendi?; ¿habrá que crear una Secretaría Especial contra la Corrupción Administrativa dentro del Estado?, ¿y quiénes podrían formar parte de esa titánica tarea?, ¿personas adineradas, honorables y probas, dispuestas a cambiar su país ad honoren?, ¿será posible reclutar tan selecto y formidable grupo de ciudadanos?; queridos hondureños, ¿tenemos todavía esperanza, o estamos perdiendo, vilmente, el tiempo? «Dígame Lenchito, ¿cuántas de las insignes fortunas visibles cree Ud. que se convertirían en objeto de juicio por corrupción en una sociedad justa?». ¿Amén? Sí, amén.
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